la burbuja cuento de MIA

Mía y la Burbuja que Caminaba por Dentro Mía despertó aquella mañana con una sensación rara, como si algo suave y tibio se moviera dentro de ella. No era dolor. No era miedo. Era… una burbuja. Una burbuja que no flotaba en el aire, sino en su cuerpo. Primero la sintió en los ojos, haciéndole ver el mundo más brillante. Luego bajó al pecho, donde latía como un tambor pequeño. Después se deslizó a la barriga, redonda y curiosa, como si buscara un rincón para esconderse. —¿Qué haces ahí dentro? —preguntó Mía en voz baja. La burbuja no contestó, pero se movió despacio, como una criatura que entiende sin palabras. Ese día, Filomeno el burro filósofo la miró con atención. —Niña, llevas luz en la mirada —le dijo—. Algo te camina por dentro. Mía sonrió, pero no explicó nada. La burbuja se había ido a su espalda, justo donde ella guardaba los sueños. La Tía Jacinta, que cura con palabras, se acercó y le tocó el hombro. —Ay, Mía… eso que llevas ahí es amor del bueno. Del que no explota aunque lo pinchen. El Mirlo Candelero, desde su rama, trinó tres veces. —Es verdad —cantó—. Esa burbuja tiene piel de avestruz. Fuerte por fuera, sensible por dentro. Mía siguió caminando por el monte. La burbuja se movía con ella: a veces subía, a veces bajaba, a veces parecía querer escaparse por la risa. Pero cuando llegó la tarde, algo cambió. Una tristeza pequeñita —de esas que no duelen, pero pesan— se le metió en el pecho. Y entonces la burbuja se arrugó, como una tortuga que quiere correr sin saber cómo. Mía se detuvo. La burbuja también. Los gatos del monte, que siempre saben lo que pasa, se acercaron. Uno se acurrucó en sus pies. La siamesa, silenciosa, se pegó a su espalda, justo donde la burbuja guardaba los sueños. —No pasa nada —susurró Mía—. Si quieres arrugarte, arrúgate. Si quieres moverte, muévete. Yo te acompaño. La burbuja tembló un poquito. Y entonces, sin explotar, sin romperse, sin desaparecer… se abrió. No como una herida. No como un estallido. Sino como una flor que decide confiar. De su interior salió un hilo de luz. Pequeño, cálido, vivo. Filomeno lo vio y dijo: —Ahí está tu fuerza, niña. Lo que guardabas dentro ya quiere caminar contigo. La Tía Jacinta sonrió. —Cuando el amor se arruga, es porque quiere nacer. El Mirlo Candelero cantó un verso nuevo: Código Copiar Burbuja que vive en Mía, burbuja que sabe amar, si te mueves por su cuerpo es porque quieres volar. Mía cerró los ojos. La burbuja volvió a su sitio, suave, tranquila, luminosa. Y desde ese día, cada vez que Mía siente que algo se mueve dentro de ella, sabe que no es miedo, ni dolor, ni duda. Es su burbuja. Su compañera. Su guardiana de sueños.

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