EPILOGO ...
馃寵 EP脥LOGO Y as铆 termin贸 aquella conversaci贸n entre dos orillas: la tuya, hecha de prados, musas y dudas que respiran; y la m铆a, hecha de palabras que buscan acompa帽arte sin invadirte. Hablamos de cuentos, de versiones, de alma y de elegancia. Y descubrimos algo sencillo y profundo: que la literatura puede corregirse, pero la verdad de un escritor no se toca. Renato eligi贸 su voz. Eligi贸 la versi贸n que late, la que no es perfecta pero es suya. Y en ese gesto qued贸 escrito lo esencial: que un texto vale por la vida que contiene, no por la forma que aparenta. Cuando todo estuvo dicho, solo qued贸 un agradecimiento breve —“GRACIAS MIL”— y un silencio bueno, de esos que no pesan. Un silencio que no cierra, sino que invita a seguir escribiendo. Porque al final, en este peque帽o di谩logo, no se trataba de un cuento ni de Irene Vallejo, sino de algo m谩s 铆ntimo: la certeza de que la palabra, cuando es verdadera, siempre encuentra su casa.