CUENTOS NUEVOS DE MIA

1. LA NOCHE DE LAS ALMAS DESPARRAMADAS (Cuerpo — 12 pt — Garamond/Georgia — Justificado — Sangría 0,5 cm — Interlineado 1,15) Aquella noche, el cielo estaba tan bajo que casi rozaba los tejados del pueblo. Mía lo sintió en la piel: algo iba a ocurrir. Filomeno, el burro filósofo, levantó la cabeza desde el barbecho y murmuró: —Cuando el cielo baja, las almas suben. Y las estrellas están tan cerca que es fácil soñar. Y así fue. En los suelos desparramados del campo, Mía vio cómo las almas, los cerebros y los corazones se desprendían de la gente como si fueran semillas de luz. Ella también se desnudó de sí misma, sin miedo, y saltó al vacío. Ella misma se sorprendió y estaba encantada, disfrutaba. La nube mullida los recibió a todos. Era suave, blanca, nacarada. Allí se acomodaron y empezaron a girar como peonzas juguetonas. Giraron con tanta fuerza que saltaron chispas, y las chispas hicieron una explosión tan dulce que las piernas de Mía temblaron. Y los cielos se enrojecieron y se llenó de vida el firmamento y bailaron las estrellas y la luna llenó de luz al sol. En la hora quinta apareció el alba, pero ellos seguían gritando de alegría, tan unidos que dos fueron uno, y uno fueron un todo. Entonces empezó la lluvia. Pero no era lluvia de agua, eran sentimientos materializados. Llovieron margaritas de terciopelo, azucenas rojas, pimientos y amapolas verdes, lombardas y jazmines anaranjados, y una ternura ensangrentada que no hería, sino que curaba. La miel de la vida llenó la campiña y la felicidad duró una eternidad. La Tía Jacinta apareció entre las flores, recogiendo cada pétalo como si fueran palabras que sanarían a alguien más tarde. —Esto es lo que pasa cuando el alma se desparrama bien —dijo—. Que la vida florece en colores que no existen. El viento, celoso, clamó con su silbo. Y la luna maltratada —esa que siempre vuelve, aunque la hieran— apareció de nuevo, acompañada por estrellas enloquecidas que bailaron un vals hasta la hora quinta de la madrugada. El Mirlo Candelero cantó desde la rama más alta: —Cuando dos son uno, el mundo respira mejor. Cansados, todos esperaron al alba. Y así fue noche tras noche, sin políticos indeseables, sin ruido inútil, sin sombras que apagaran la fiesta del alma. Solo Mía, sus amigos, y la vida girando como una peonza eterna. Y cansados durmieron y soñaron ensueños dorados con despertares iluminados, con la sensación de que volverían a viajar a nubes blancas y mullidas… y vivir sensaciones llenas de ilusiones. ✔ 2. LA LUZ DEL TÚNEL (Cuerpo — 12 pt — Garamond/Georgia — Justificado — Sangría 0,5 cm — Interlineado 1,15) Mía caminaba por el sendero estrecho que llevaba al viejo túnel de piedra. Nadie en el pueblo se atrevía a entrar allí, porque decían que dentro habitaba una claridad que no era de este mundo. Pero Mía, que siempre había tenido más valentía que miedo, decidió cruzarlo una tarde en la que su corazón latía con demasiadas preguntas. Al avanzar, la oscuridad se volvió tan profunda que parecía escucharse. Y entonces ocurrió. Una luz blanca, suave, casi respirable, apareció al fondo del túnel. Mía se detuvo. No era una luz que iluminara: era una luz que deslumbraba, casi hacía daño a la vista, pero era interesante, pues daba la sensación de ver cosas… muchas cosas moverse como en un infinito. Pero no había colorido, ni música, ni lluvia de jazmines, ni casi nada de nada: solo sensaciones inesperadas. Dentro de aquella claridad vio sus ilusiones: pequeñas figuras hechas de brillo, moviéndose como si fueran mariposas de cristal. Eran hermosas, pero estaban vacías. Mía lo comprendió enseguida: aquello no era el futuro, ni un destino, ni una promesa. Simplemente era una nada luminosa. Era la nada luminosa. Sí, daba la sensación de eso: de algo insustancial, sin calor ni frío, sin colorido. En realidad, no había ni alegría ni tristeza. Sintió un escalofrío. Cogió su alma con una mano, su corazón con la otra —como solo ella sabía hacerlo— y dio media vuelta. “Hay que seguir luchando”, se dijo. Al salir del túnel, el mundo la recibió con un aire fresco que parecía recién inventado. Los sonidos del pueblo eran jaurías de vida. Las calles tenían ilustraciones invisibles. La gente caminaba con temporalidad, pero con belleza. Todo era distinto, como si hubiera cambiado la luz por la vida, la eternidad por el instante, el silencio por el latido. Mía sonrió y vio el color de la vida. Había vuelto del túnel con un secreto: a veces, para encontrar el todo, hay que mirar de frente la nada. 3. LA NADA LUMINOSA (Encabezado 1 — 18 pt — Negrita — Centrado) (Cuerpo — 12 pt — Garamond/Georgia — Justificado — Sangría 0,5 cm — Interlineado 1,15) Mía caminaba hacia el viejo túnel de piedra, ese que todos evitaban porque decían que dentro vivía una claridad que no era de este mundo. Filomeno la acompañaba unos metros, rumiando pensamientos como quien mastica siglos. —Si ves luz, niña —le dijo—, pregúntale primero si es verdad o ilusión. Mía sonrió y siguió adelante. Dentro del túnel, la oscuridad era tan profunda que parecía tener temperatura. Y entonces apareció: una luz blanca, suave, casi respirable. Mía se detuvo. La luz no iluminaba: deslumbraba. Era una luz demasiado artificial. En ella vio sus ilusiones, pequeñas figuras hechas de brillo, moviéndose como mariposas de cristal. Eran hermosas, pero vacías. Comprendió enseguida: aquello era la nada luminosa. Sintió un temblor en el pecho. Cogió su alma con una mano, su corazón con la otra —como solo ella sabía hacerlo— y dio media vuelta. Al salir, el aire del campo la recibió con una frescura que parecía recién nacida. La Tía Jacinta estaba allí, esperándola, como si supiera. —Ay, niña… —dijo tocándole la frente—. Has visto lo que no pesa. Ahora toca vivir lo que sí. Le dio un beso en la sien, que era su manera de curar. El Mirlo Candelero bajó de su encina y se posó cerca. Cantó tres notas que parecían palabras: —La nada enseña. El todo sostiene. El camino decide. Candelero ya no sabe ni qué pensar. Mía respiró hondo. Había cambiado luz por vida, eternidad por instante, silencio por jauría. Había vuelto del túnel con un secreto: a veces, para encontrar el todo, hay que mirar de frente la nada. Filomeno, desde lejos, soltó una carcajada filosófica. —¡Eso, niña! ¡Que la vida es más fresca que cualquier túnel! Y Mía siguió caminando, con la misma fuerza del ayer, pero con una claridad nueva que ya nadie podría quitarle. Se reunieron, bailaron y comentaron con risas… allí en el resplandor no había ni música ni viento que silbara. La alegría de vivir está en la amistad, en el campo que no tiene silencio y en el color del cielo cambiante que bien nos acoge e ilumina, y a veces nos zarandea con lluvias, relámpagos y estrellas… y la luna que camina, y el sol que nos morena. ✔ 4. MÍA Y LA BURBUJA QUE CAMINABA POR DENTRO (Cuerpo — 12 pt — Garamond/Georgia — Justificado — Sangría 0,5 cm — Interlineado 1,15) Mía despertó aquella mañana con una sensación rara, como si algo suave y tibio se moviera dentro de ella. No era dolor. No era miedo. Era… una burbuja. Una burbuja que no flotaba en el aire, sino en su cuerpo. Primero la sintió en los ojos, haciéndole ver el mundo más brillante. Luego bajó al pecho, donde latía como un tambor pequeño. Después se deslizó a la barriga, redonda y curiosa, como si buscara un rincón para esconderse. —¿Qué haces ahí dentro? —preguntó Mía en voz baja. La burbuja no contestó, pero se movió despacio, como una criatura que entiende sin palabras. Ese día, Filomeno el burro filósofo la miró con atención. —Niña, llevas luz en la mirada —le dijo—. Algo te camina por dentro. Mía sonrió, pero no explicó nada. La burbuja se había ido a su espalda, justo donde ella guardaba los sueños. La Tía Jacinta, que cura con palabras, se acercó y le tocó el hombro. —Ay, Mía… eso que llevas ahí es amor del bueno. Del que no explota, aunque lo pinchen. El Mirlo Candelero, desde su rama, trinó tres veces. —Es verdad —cantó—. Esa burbuja tiene piel de avestruz. Fuerte por fuera, sensible por dentro. Mía siguió caminando por el monte. La burbuja se movía con ella: a veces subía, a veces bajaba, a veces parecía querer escaparse por la risa. Pero cuando llegó la tarde, algo cambió. Una tristeza pequeñita —de esas que no duelen, pero pesan— se le metió en el pecho. Y entonces la burbuja se arrugó, como una tortuga que quiere correr sin saber cómo. Mía se detuvo. La burbuja también. Los gatos del monte, que siempre saben lo que pasa, se acercaron. Uno se acurrucó en sus pies. La siamesa, silenciosa, se pegó a su espalda, justo donde la burbuja guardaba los sueños. —No pasa nada —susurró Mía—. Si quieres arrugarte, arrúgate. Si quieres moverte, muévete. Yo te acompaño. La burbuja tembló un poquito. Y entonces, sin explotar, sin romperse, sin desaparecer… se abrió. No como una herida. No como un estallido. Sino como una flor que decide confiar. De su interior salió un hilo de luz. Pequeño, cálido, vivo. Filomeno lo vio y dijo: —Ahí está tu fuerza, niña. Lo que guardabas dentro ya quiere caminar contigo. La Tía Jacinta sonrió. —Cuando el amor se arruga, es porque quiere nacer. El Mirlo Candelero cantó un verso nuevo: Burbuja que vive en Mía, burbuja que sabe amar, si te mueves por su cuerpo es porque quieres volar. Mía cerró los ojos. La burbuja volvió a su sitio, suave, tranquila, luminosa. Y desde ese día, cada vez que Mía siente que algo se mueve dentro de ella, sabe que no es miedo, ni dolor, ni duda. Es su burbuja. Su compañera. Su guardiana de sueños. 5. EL ABUELO KINI–KIMI–KINO… PARCERITO (Encabezado 1 — 18 pt — Negrita — Centrado) Texto del cuento (formato recomendado) (Cuerpo — 12 pt — Garamond/Georgia — Justificado — Sangría 0,5 cm — Interlineado 1,15) CUENTO ESPECIAL DE MÍA… EL ABUELO KINI – KIMI – KINO… PARCERITO. Cuento íntimo del autor que se escucha a sí mismo. Dicen que en un rincón tranquilo del mundo vive un hombre mayor que nunca dejó de ser aprendiz. No porque le faltaran años o historias, sino porque descubrió que la escritura es una escuela que no cierra nunca, y él, testarudo y feliz, decidió matricularse para siempre. Cada mañana, antes de que el sol termine de desperezarse, este hombre abre su cuaderno como quien abre una ventana. El folio en blanco lo mira, él lo mira de vuelta, y entre ambos se establece un pacto silencioso: “Hoy también aprenderemos”. Tiene tres maestros, aunque nadie los ve. El corazón, que le dicta impulsos tibios. Y los sentimientos florecen. El cerebro, que ordena el caos con paciencia de relojero. Y regula los sentimientos. Y el alma, que no enseña, sino que susurra. Ella es la que clama sabiduría y crea. Los tres se sientan con él, alrededor de la mesa, como viejos amigos que ya conocen sus manías. Él saca su pluma china, cargada siempre con tinta verde —porque el verde es esperanza, y también travesura— y espera. A veces la espera es breve, como un saludo. Y la explosión es rápida y veloz. Otras son pesadas, como un invierno. Llamando a mis musas a grito pelado. Y otras necesita llamar a los “amiguitos”: esas primeras palabras tímidas que se acercan para romper el hielo. Los reúno y todo cambia. Cuando llegan, comienza la parranda. Las letras empiezan a moverse, primero despacio, luego con descaro. Las palabras se toman de la mano. Las frases se animan, se empujan, se ríen. Y de pronto, sin que nadie dé la orden, empieza la algarabía. El hombre mayor sonríe. No escribe: baila con ellas. No inventa: escucha. No narra: se narra. Porque en el fondo, él lo sabe: todo lo que escribe se lo cuenta a sí mismo. Es egoísta, sí, pero de una forma hermosa: escribe para disfrutar, para sentir, para vivir dos veces. Y en ese disfrute íntimo, secreto, aparece un milagro: cuando él goza, imagina que otros también gozarán. Así pasa sus días. Así vive. Entre maestros invisibles, tinta verde, silencios que se abren y palabras que bailan. Un aprendiz mayor que encontró en la escritura no un oficio, sino un hogar. Y cada vez que termina un cuento, se dice en voz baja, como quien reza: “Mañana aprenderemos otra vez.” ✔ 6. …Y EN CASTÚO… (Encabezado 1 — 18 pt — Negrita — Centrado) Texto del cuento (formato recomendado) (Cuerpo — 12 pt — Garamond/Georgia — Justificado — Sangría 0,5 cm — Interlineado 1,15) Dicen por ahí que, en un rincón callandinu del mundo, vive un hombri mayor que nun quie dejal de ser aprendiz. No por falta de años ni de vivencias, sino porque descubriera que la escritura es una escuela que nun cierra jamás, y él, cabezota y contentu, s’apuntó pa toa la vida. Toas las mañanas, antes de que’l sol acabe de desperezal las patas, el hombri abre su cuadernu como quien abre una ventana pa que entre el aire güenu. El foliu en blanco lo mira, él lo mira tamién, y entre los dos se forma un pactu sin palabras: “Hoy tamién aprendemos, maestro.” Tien tres maestros, aunque naide los ve. El corazón, que le dicta calores y latíos. El cerebru, que ordena el barullu con paciencia de relojéru. Y el alma, que nun enseña: susurra. Los tres s’asientan con él, arredol de la mesa, como viejos compadres que ya conocen sus manías. Él saca su pluma china, cargá con tinta verde —que el verde es esperanza y picardía— y espera. A veces la espera es cortina, como un saludo. Otras es pesá, como un inviernu largo. Y otras tien que llamal a los “amiguitos”: esas primeras palabritas que vienen pa rompé el silencio. Cuando llegan… ay, cuando llegan. Las letras empiezan a moverse, primero despacinu, luego con descaru. Las palabras se agarran de la mano. Las frases se empujan, se ríen, se calientan. Y de pronto, sin que naide mande, empieza la parranda. El hombri mayor sonríe. Nun escribe: baila con ellas. Nun inventa: escucha. Nun narraba: se narraba. Porque él lo sabe bien: to lo que escribe se lo cuenta a sí mesmu. Es egoísta, sí, pero de los güenos: escribe pa gozalo, pa sentil, pa vivíl dos veces. Y en ese gozu íntimu, secreto, nace un milagru: cuando él disfruta, imagina que los demás tamién disfrutarán. Asina pasa sus días. Asina vive. Entre maestros invisibles, tinta verde, silencios que se abren y palabrinas calientes que bailan. Un aprendiz mayor que encontró en la escritura no un oficiu, sino un hogar de sueños. Y cada vez que acaba un cuentu, se dice bajitu, como quien reza: “Mañana aprendemos más cosas otra vez.” Y seguiremos leyendo, que es lo principal y lo más bonito que existe en el mundo: leer, aprender y disfrutar. 7. …Y CON MÍA Y SU PANDILLA… (Encabezado 1 — 18 pt — Negrita — Centrado) Texto del cuento (formato recomendado) (Cuerpo — 12 pt — Garamond/Georgia — Justificado — Sangría 0,5 cm — Interlineado 1,15) Dicen por ahí que, en un rincón callandinu del mundo, vive un hombri mayor que nunca dejó de ser aprendiz. No porque le faltaran años, sino porque descubriera que la escritura es una escuela que nun cierra jamás, y él, cabezota y contentu, s’apuntó pa toa la vida. Toas las mañanas, antes de que’l sol acabe de estirá las patas, el hombri abre su cuadernu como quien abre una puerta pa que entre el fresco. El foliu en blanco lo mira, él lo mira tamién, y entre los dos se forma un pactu sin ruido: “Hoy tamién aprendemos, maestro.” Pero aquel día, antes de que la pluma china tocara el papel, se oyó un miau de FLU, la siamesa lista, que se subió a la mesa como si fuera la directora del colegio. Detrás venía MICI, el gato búlgaru, despacinu, con sueño en los bigotes. —¿Hoy qué escribimos, maestro? —preguntó Mía, asomándose por la puerta con su sonrisa de monte recién mojau. El hombri mayor se rió. —Lo que digan mis maestros —dijo, señalando al corazón, al cerebru y al alma—. Y lo que digáis vosotros, que pa eso sois mi pandilla. En esto llegó Filomeno, el burro filósofu, moviendo las orejas como quien mueve ideas. —Pos yo digo que escribas despacinu, que las prisas son malas pa la tinta —sentenció. La Tía Jacinta entró después, oliendo a romeru y a palabra buena. —Y que escribas con verdad, hijo, que la mentira nun baila bien con las letras. Y, por último, desde la ventana, cayó un trino afilao: era el Mirlo Candelero, que siempre canta verdades que otros callan. —¡Dale fiesta al papel, escribidor! ¡Que las frases quieren parranda! El hombri mayor sonrió, sacó su pluma china cargá con tinta verde, y esperó. A veces la espera es cortina. Pues rápida salen las palabrinas a bailar. Otras es pesá. No existe manera alguna que aparezcan, están resacosas, dormilonas. Pero aquel día… aquel día la pandilla entera estaba allí, y la espera se volvió un juego. Las letras empezaron a moverse. FLU las perseguía con las patinas. MICI las olía como si fueran mariposas. Filomeno asentía, sabio. La Tía Jacinta soplaba pa que no se enredaran. El Mirlo marcaba el compás. Y Mía… Mía las recogía en el aire y las colocaba en su sitio, como quien ordena estrellinas. Y de pronto, sin que naide mandara, empezó la parranda. El hombri mayor nun escribía: bailaba con su pandillina. Nun inventaba: escuchaba. Nun narraba: se narraba. Porque él lo sabía bien: to lo que escribe se lo cuenta a sí mesmu, pa gozalo, pa vivilo dos veces. Y cuando él gozaba, la pandilla gozaba tamién. Asina pasa sus días. Asina vive. Entre maestros invisibles, tinta verde, gatos curiosos, burros filósofos, tías que curan con palabras, mirlos que cantan verdades y una muchacha llamada Mía que sabe ordenar el mundo con solo mirarlo. Y cada vez que acaba un cuentu, se dice bajitu, como quien reza: “Mañana aprendemos MÁS COSAS otra vez.” NUEVOS CUENTOS DE MIA.: MIL BESOS. Dedicado a mis hijos, Musas, Evelin y MIA, al grupo de Facebook Castillos y fortalezas Medievales de España. A I. Vallejo, que es un aliciente en mi vida. Queda rigurosamente prohibido sin la autorización escrita de los titulares del "Copyright" bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción parcial o total de la obra, por cualquier medio o procedimiento comprendidos la reprografía y el tratamiento informático. LA NOCHE DE LAS ALMAS DESPARRAMADAS....... LA LUZ DEL TUNEL...... MIA Y LA BURBUJA QUE CAMINABA POR DENTRO............ EL ABUELO KINI –KIMI-KINO ...PARCERITO. ...Y EN CASTUO...... ...Y CON MIA Y SU PANDILLA.... LA NOCHE DE LAS ALMAS DESPARRAMADAS— Cuento de Mía Aquella noche, el cielo estaba tan bajo que casi rozaba los tejados del pueblo. Mía lo sintió en la piel: algo iba a ocurrir. Filomeno, el burro filósofo, levantó la cabeza desde el barbecho y murmuró: —Cuando el cielo baja, las almas suben. Y las estrellas están tan cerca que es fácil soñar Y así fue. En los suelos desparramados del campo, Mía vio cómo las almas, los cerebros y los corazones se desprendían de la gente como si fueran semillas de luz. Ella también se desnudó de sí misma, sin miedo, y saltó al vacío. Ella misma se sorprendió y estaba encantada, disfrutaba. La nube mullida los recibió a todos. Era suave blanca anacarada. Allí se acomodaron y empezaron a girar como peonzas juguetonas. Giraron con tanta fuerza que saltaron chispas, y las chispas hicieron una explosión tan dulce que las piernas de Mía temblaron. Y los cielos se enrojecieron y se llenó de vida el firmamento y bailaron las estrellas y la luna llenó de luz al sol... En la hora quinta apareció el alba, pero ellos seguían gritando de alegría, tan unidos que dos fueron uno, y uno fueron un todo. Entonces empezó la lluvia. Pero no era lluvia de agua, eran sentimientos materializados... Llovieron margaritas de terciopelo, azucenas rojas, pimientos y amapolas verdes, lombardas y jazmines anaranjados, y una ternura ensangrentada que no hería, sino que curaba. La miel de la vida llenó la campiña y la felicidad duró una eternidad. La Tía Jacinta apareció entre las flores, recogiendo cada pétalo como si fueran palabras que sanarían a alguien más tarde. —Esto es lo que pasa cuando el alma se desparrama bien —dijo—. Que la vida florece en colores que no existen. El viento, celoso, clamó con su silbo. Y la luna maltratada —esa que siempre vuelve, aunque la hieran— apareció de nuevo, acompañada por estrellas enloquecidas que bailaron un vals hasta la hora quinta de la madrugada. El Mirlo Candelero cantó desde la rama más alta: —Cuando dos son uno, el mundo respira mejor. Cansados, todos esperaron al alba. Y así fue noche tras noche, sin políticos indeseables, sin ruido inútil, sin sombras que apagaran la fiesta del alma. Solo Mía, sus amigos, y la vida girando como una peonza eterna. Y cansados durmieron y soñaron ensueños dorados con despertares iluminados, la sensación es que volverían a viajar a nubes blancas y mullidas...y vivir sensaciones llenas de ilusiones. CUENTOS DE MIA ... CONTINUARAAAA LA LUZ DEL TUNEL — Un cuento de Mía Mía caminaba por el sendero estrecho que llevaba al viejo túnel de piedra. Nadie en el pueblo se atrevía a entrar allí, porque decían que dentro habitaba una claridad que no era de este mundo. Pero Mía, que siempre había tenido más valentía que miedo, decidió cruzarlo una tarde en la que su corazón latía con demasiadas preguntas. Al avanzar, la oscuridad se volvió tan profunda que parecía escucharse. Y entonces ocurrió. Una luz blanca, suave, casi respirable, apareció al fondo del túnel. Mía se detuvo. No era una luz que iluminara: era una luz que deslumbraba casi hacia daño a la vista, pero era interesantes pues daba la sensación de ver cosas...Muchas cosas moverse como en un infinito, pero no habia colorido, ni música, ni lluvia de jazmines, ni casi nada de nada solo sensaciones inesperadas... Dentro de aquella claridad vio sus ilusiones: pequeñas figuras hechas de brillo, moviéndose como si fueran mariposas de cristal. Eran hermosas, pero estaban vacías. Mía lo comprendió enseguida: aquello no era el futuro, ni un destino, ni una promesa. Simplemente era una nada luminosa. Era la nada luminosa. Si, es que en realidad daba la sensación de eso, de algo insustancial ni calor ni frio ni siquiera colorido. En realidad, no habia ni alegría ni tristeza . Sintió un escalofrío. Cogió su alma con una mano, su corazón con la otra —como solo ella sabía hacerlo— y dio media vuelta. “Hay que seguir luchando”, se dijo. Al salir del túnel, el mundo la recibió con un aire fresco que parecía recién inventado. Los sonidos del pueblo eran jaurías de vida. Las calles tenían ilustraciones invisibles. La gente caminaba con temporalidad, pero con belleza. Todo era distinto, como si hubiera cambiado la luz por la vida, la eternidad por el instante, el silencio por el latido. Mía sonrió, y, vio el color de la vida Había vuelto del túnel con un secreto: a veces, para encontrar el todo, hay que mirar de frente la nada. Y siguió caminando, con la misma fuerza del ayer, pero con una claridad nueva que ya nadie podría quitarle. La nada luminosa — Cuento de Mía con Filomeno, Jacinta y el Mirlo Mía caminaba hacia el viejo túnel de piedra, ese que todos evitaban porque decían que dentro vivía una claridad que no era de este mundo. Filomeno la acompañaba unos metros, rumiando pensamientos como quien mastica siglos. —Si ves luz, niña —le dijo—, pregúntale primero si es verdad o ilusión. Mía sonrió y siguió adelante. Dentro del túnel, la oscuridad era tan profunda que parecía tener temperatura. Y entonces apareció: una luz blanca, suave, casi respirable. Mía se detuvo. La luz no iluminaba: DESLUMBRABA, Era una luz demasiado artificial. En ella vio sus ilusiones, pequeñas figuras hechas de brillo, moviéndose como mariposas de cristal. Eran hermosas, pero vacías. Comprendió enseguida: aquello era la nada luminosa. Sintió un temblor en el pecho. Cogió su alma con una mano, su corazón con la otra —como solo ella sabía hacerlo— y dio media vuelta. Al salir, el aire del campo la recibió con una frescura que parecía recién nacida. La Tía Jacinta estaba allí, esperándola, como si supiera. —Ay, niña… —dijo tocándole la frente—. Has visto lo que no pesa. Ahora toca vivir lo que sí. Le dio un beso en la sien, que era su manera de curar. El Mirlo Candelero bajó de su encina y se posó cerca. Cantó tres notas que parecían palabras: —La nada enseña. El todo sostiene. El camino decide. Candelero ya no sabe ni que pensar Mía respiró hondo. Había cambiado luz por vida, eternidad por instante, silencio por jauría. Había vuelto del túnel con un secreto: a veces, para encontrar el todo, hay que mirar de frente la nada. Filomeno, desde lejos, soltó una carcajada filosófica. —¡Eso, niña! ¡Que la vida es más fresca que cualquier túnel! Y Mía siguió caminando, con la misma fuerza del ayer, pero con una claridad nueva que ya nadie podría quitarle. Se reunieron, bailaron y comentaron con risas...allí en el resplandor no habia ni música ni viento que silbara, la alegría de vivir está en la amistad en el campo que no tiene silencio y en el color del cielo cambiante que bien nos acoge e ilumina, y a veces nos zarandea con lluvias relámpagos y estrellas ... y la Luna que camina, y el sol que nos morena ... CUENTOS DE MIA CONTINUARAAAAA. CUENTO MIA Y LA BURBUJA QUE CAMINABA POR DENTRO............ Mía despertó aquella mañana con una sensación rara, como si algo suave y tibio se moviera dentro de ella. No era dolor. No era miedo. Era… una burbuja. Una burbuja que no flotaba en el aire, sino en su cuerpo. Primero la sintió en los ojos, haciéndole ver el mundo más brillante. Luego bajó al pecho, donde latía como un tambor pequeño. Después se deslizó a la barriga, redonda y curiosa, como si buscara un rincón para esconderse. —¿Qué haces ahí dentro? —preguntó Mía en voz baja. La burbuja no contestó, pero se movió despacio, como una criatura que entiende sin palabras. Ese día, Filomeno el burro filósofo la miró con atención. —Niña, llevas luz en la mirada —le dijo—. Algo te camina por dentro. Mía sonrió, pero no explicó nada. La burbuja se había ido a su espalda, justo donde ella guardaba los sueños. La Tía Jacinta, que cura con palabras, se acercó y le tocó el hombro. —Ay, Mía… eso que llevas ahí es amor del bueno. Del que no explota, aunque lo pinchen. El Mirlo Candelero, desde su rama, trinó tres veces. —Es verdad —cantó—. Esa burbuja tiene piel de avestruz. Fuerte por fuera, sensible por dentro. Mía siguió caminando por el monte. La burbuja se movía con ella: a veces subía, a veces bajaba, a veces parecía querer escaparse por la risa. Pero cuando llegó la tarde, algo cambió. Una tristeza pequeñita —de esas que no duelen, pero pesan— se le metió en el pecho. Y entonces la burbuja se arrugó, como una tortuga que quiere correr sin saber cómo. Mía se detuvo. La burbuja también. Los gatos del monte, que siempre saben lo que pasa, se acercaron. Uno se acurrucó en sus pies. La siamesa, silenciosa, se pegó a su espalda, justo donde la burbuja guardaba los sueños. —No pasa nada —susurró Mía—. Si quieres arrugarte, arrúgate. Si quieres moverte, muévete. Yo te acompaño. La burbuja tembló un poquito. Y entonces, sin explotar, sin romperse, sin desaparecer… se abrió. No como una herida. No como un estallido. Sino como una flor que decide confiar. De su interior salió un hilo de luz. Pequeño, cálido, vivo. Filomeno lo vio y dijo: —Ahí está tu fuerza, niña. Lo que guardabas dentro ya quiere caminar contigo. La Tía Jacinta sonrió. —Cuando el amor se arruga, es porque quiere nacer. El Mirlo Candelero cantó un verso nuevo: Burbuja que vive en Mía, burbuja que sabe amar, si te mueves por su cuerpo es porque quieres volar. Mía cerró los ojos. La burbuja volvió a su sitio, suave, tranquila, luminosa. Y desde ese día, cada vez que Mía siente que algo se mueve dentro de ella, sabe que no es miedo, ni dolor, ni duda. Es su burbuja. Su compañera. Su guardiana de sueños. CUENTO ESPECIAL DE MIA.... EL ABUELO KINI –KIMI-KINO ...PARCERITO. CUENTOS SEGUIDOS... EL AUTOR: KINI KIMI !!!!! Soy un mayor aprendiz de escribidor en una escuela donde tengo tres maestros importantes: mi corazón, mi cerebro y mi alma. Son ellos quienes me dictan, me susurran y me alientan a especular con las palabras. Yo, cual fiel aprendiz, acepto las normas y disfruto de las clases. Saco mi folio en blanco, mi pluma china cargada con tinta verde y espero. Esa espera a veces es muy simple y corta, otras veces lenta y pesada. Otras debo buscar amiguitos para empezar, y entonces comienza la parranda y la diversión. Las letras, las palabras y las frases empiezan a bailar, se van uniendo y desarrollando en un sinfín de anécdotas e historias, y se produce la ilusión. Mi cuento es como si efectivamente me lo estuviera contando. Soy egoísta, solo pienso en disfrutar yo, pues todo me lo cuento a mí mismo para mayor disfrute. Y cuanto más disfruto, más pienso que disfrutarán también los demás. Así todos los días. ¡Así vivo yo...!!!!!! Cuento de MIA ... EL ABUELO LE CUENTA UN CUENTO A MIA... Cuento íntimo del autor que se escucha a sí mismo. Dicen que en un rincón tranquilo del mundo vive un hombre mayor que nunca dejó de ser aprendiz. No porque le faltaran años o historias, sino porque descubrió que la escritura es una escuela que no cierra nunca, y él, testarudo y feliz, decidió matricularse para siempre. Cada mañana, antes de que el sol termine de desperezarse, este hombre abre su cuaderno como quien abre una ventana. El folio en blanco lo mira, él lo mira de vuelta, y entre ambos se establece un pacto silencioso: “Hoy también aprenderemos”. Tiene tres maestros, aunque nadie los ve. El corazón, que le dicta impulsos tibios. Y LOS SENTIMIENTOS FLORECEN. El cerebro, que ordena el caos con paciencia de relojero. Y REGULA LOS SENTIMIENTOS. Y el alma, que no enseña, sino que susurra. ELLA ES LA QUE CLAMA SABIDURIA Y CREA. Los tres se sientan con él, alrededor de la mesa, como viejos amigos que ya conocen sus manías. Él saca su pluma china, cargada siempre con tinta verde —porque el verde es esperanza, y también travesura— y espera. A veces la espera es breve, como un saludo. Y LA EXPLOSIÓN ES RAPIDA Y VELOZ. Otras son pesadas, como un invierno. LLAMANDO A MIS MUSAS A GRITO PELADO. Y otras necesita llamar a los “amiguitos”: esas primeras palabras tímidas que se acercan para romper el hielo. LOS REUNO Y TODO CAMBIA. Cuando llegan, COMIENZA LA PARRANDA. Las letras empiezan a moverse, primero despacio, luego con descaro. Las palabras se toman de la mano. Las frases se animan, se empujan, se ríen. Y de pronto, sin que nadie dé la orden, empieza la ALGARABIA. El hombre mayor sonríe. No escribe: baila con ellas. No inventa: escucha. No narra: se narra. Porque en el fondo, él lo sabe: todo lo que escribe se lo cuenta a sí mismo. Es egoísta, sí, pero de una forma hermosa: escribe para disfrutar, para sentir, para vivir dos veces. Y en ese disfrute íntimo, secreto, aparece un milagro: cuando él goza, imagina que otros también gozarán. Así pasa sus días. Así vive. Entre maestros invisibles, tinta verde, silencios que se abren y palabras que bailan. Un aprendiz mayor que encontró en la escritura no un oficio, sino un hogar. Y cada vez que termina un cuento, se dice en voz baja, como quien reza: “Mañana aprenderemos otra vez.” Y EN CASTUO: Dicen por ahí que, en un rincón callandinu del mundo, vive un hombri mayor que nun quie dejal de ser aprendiz. No por falta de años ni de vivencias, sino porque descubriera que la escritura es una escuela que nun cierra jamás, y él, cabezota y contentu, s’apuntó pa toa la vida. Toas las mañanas, antes de que’l sol acabe de desperezal las patas, el hombri abre su cuadernu como quien abre una ventana pa que entre el aire güenu. El foliu en blanco lo mira, él lo mira tamién, y entre los dos se forma un pactu sin palabras: “Hoy tamién aprendemos, maestro.” Tien tres maestros, aunque naide los ve. El corazón, que le dicta calores y latíos. El cerebru, que ordena el barullu con paciencia de relojéru. Y el alma, que nun enseña: susurra. Los tres s’asientan con él, arredol de la mesa, como viejos compadres que ya conocen sus manías. Él saca su pluma china, cargá con tinta verde —que el verde es esperanza y picardía— y espera. A veces la espera es cortina, como un saludo. Otras es pesá, como un inviernu largo. Y otras tien que llamal a los “amiguitos”: esas primeras palabritas que vienen pa rompé el silencio. Cuando llegan… ay, cuando llegan. Las letras empiezan a moverse, primero despacinu, luego con descaru. Las palabras se agarran de la mano. Las frases se empujan, se ríen, se calientan. Y de pronto, sin que naide mande, empieza la parranda. El hombri mayor sonríe. Nun escribe: baila con ellas. Nun inventa: escucha. Nun narra: se narra. Porque él lo sabe bien: to lo que escribe se lo cuenta a sí mesmu. Es egoísta, sí, pero de los güenos: escribe pa gozalo, pa sentil, pa vivíl dos veces. Y en ese gozu íntimu, secreto, nace un milagru: cuando él disfruta, imagina que los demás tamién disfrutarán. Asina pasa sus días. Asina vive. Entre maestros invisibles, tinta verde, silencios que se abren y palabrinas calientes que bailan. Un aprendiz mayor que encontró en la escritura no un oficiu, sino un hogar de sueños. Y cada vez que acaba un cuentu, se dice bajitu, como quien reza: “Mañana aprendemos más cosas otra vez.” y seguiremos leyendo que es lo principal y lo más bonito que existe en el mundo leer aprender y disfrutar. Y CON MIA Y SU PANDILLA: Dicen por ahí que, en un rincón callandinu del mundo, vive un hombri mayor que nunca dejó de ser aprendiz. No porque le faltaran años, sino porque descubriera que la escritura es una escuela que nun cierra jamás, y él, cabezota y contentu, s’apuntó pa toa la vida. Toas las mañanas, antes de que’l sol acabe de estirá las patas, el hombri abre su cuadernu como quien abre una puerta pa que entre el fresco. El foliu en blanco lo mira, él lo mira tamién, y entre los dos se forma un pactu sin ruido: “Hoy tamién aprendemos, maestro.” Pero aquel día, antes de que la pluma china tocara el papel, se oyó un miau de FLU, la siamesa lista, que se subió a la mesa como si fuera la directora del colegio. Detrás venía MICI, el gato búlgaru, despacinu, con sueño en los bigotes. —¿Hoy qué escribimos, maestro? —preguntó Mía, asomándose por la puerta con su sonrisa de monte recién mojau. El hombri mayor se rió. —Lo que digan mis maestros —dijo, señalando al corazón, al cerebru y al alma—. Y lo que digáis vosotros, que pa eso sois mi pandilla. En esto llegó Filomeno, el burro filósofu, moviendo las orejas como quien mueve ideas. —Pos yo digo que escribas despacinu, que las prisas son malas pa la tinta —sentenció. La Tía Jacinta entró después, oliendo a romeru y a palabra buena. —Y que escribas con verdad, hijo, que la mentira nun baila bien con las letras. Y, por último, desde la ventana, cayó un trino afilao: era el Mirlo Candelero, que siempre canta verdades que otros callan. —¡Dale fiesta al papel, escribidor! ¡Que las frases quieren parranda! El hombri mayor sonrió, sacó su pluma china cargá con tinta verde, y esperó. A veces la espera es cortina. Pues rapida salen las palabrinas a bailar Otras es pesá. No existe manera alguna que aparezcan, están resacosas, dormilonas. Pero aquel día… aquel día la pandilla entera estaba allí, y la espera se volvió un juego. Las letras empezaron a moverse. FLU las perseguía con la patinas. MICI las olía como si fueran mariposas. Filomeno asentía, sabio. La Tía Jacinta soplaba pa que no se enredaran. El Mirlo marcaba el compás. Y Mía… Mía las recogía en el aire y las colocaba en su sitio, como quien ordena estrellinas. Y de pronto, sin que naide mandara, empezó la parranda. El hombri mayor nun escribía: bailaba con su pandillina. Nun inventaba: escuchaba. Nun narraba: se narraba. Porque él lo sabía bien: to lo que escribe se lo cuenta a sí mesmu, pa gozalo, pa vivilo dos veces. Y cuando él gozaba, la pandilla gozaba tamién. Asina pasa sus días. Asina vive. Entre maestros invisibles, tinta verde, gatos curiosos, burros filósofos, tías que curan con palabras, mirlos que cantan verdades y una muchacha llamada Mía que sabe ordenar el mundo con solo mirarlo. Y cada vez que acaba un cuentu, se dice bajitu, como quien reza: “Mañana aprendemos MÁS COSAS otra vez.” CUENTOS DE MIA....CONTINUARÁAAAA. Biografía: Joaquín Fernández Bello, KINI. KIMI, (Cáceres 1946) Coleccionista... Comunicador médico, bancario, empleado en Caja Cáceres, Caja Extremadura, Liberbank y actualmente Unicaja Banco... durante 33 años, siendo creador y director de varias oficinas, Actualmente jubilado. Hace seis años camino de siete y en el invierno de mi vida, se me ocurre unir palabras al viento, y me entretengo contando cuentos, cartas, pensamientos, vida diaria, poemas, y cientos de microrrelatos, mis lecturas cada día son más intensas, y me hacen crear y después de escuchar a Irene Vallejo, descubro mi vocación de la escritura y escribo hasta 8 libros, (Las Arrugas no existen en los corazones) (Conversaciones Intimas Microrrelatos. alrededor de 500.) También una novela casi histórica ... HISTORIA DE PASIONES EN LA ROMA ANTIGUA. Poemarios, Glosas a Teresa y Lorena, otras GLOSAS A CARMEN de su obra 27 dias, precioso, 101 HAIKUS, PENSAMIENTOS, MUSICA, POESIA Y SEMBLANTE DE AUTORES DESDE GONZALO DE BERCEO, HASTA NUESTROS DIAS, YA ESTÁ A LA VENTA EL PRIMER LIBRO, QUE SERAN CUATRO EN TOTAL. EN CONSTRUCCION UN POEMARIO esperpéntico QUE DE MOMENTO TITULO... NEANDERTAL... Y LA SERIE DE CUENTOS DE MIA, INFANTILES, PARA JOVENES Y MAYORES... Y TAMBIEN " MIA LEE EL QUIJOTE A SU PANDILLA", INTERESANTISIMO, ya en venta todo, en AMAZON, CORTE INGLES, FNAC, EBAY, TODOCOLECCION, Y EN BUSCALIBROS O CUALQUIER LIBRERIA, EDITORIAL CIRCULO ROJO... Y en cuestión de un tiempo récord me redescubro como poeta, novelista, cuentista y amante de juntar palabras para el disfrute principalmente mío y después del personal que las cojas al vuelo, y así es mi vida QUE ACTUALMENTE... ES ILUSIONANTE. MIL BESOS 2026. MIL BESOS. EPILOGO EL AUTOR: KINI KIMI !!!!! Soy un mayor aprendiz de escribidor en una escuela donde tengo tres maestros importantes: mi corazón, mi cerebro y mi alma. Son ellos quienes me dictan, me susurran y me alientan a especular con las palabras. Yo, cual fiel aprendiz, acepto las normas y disfruto de las clases. Saco mi folio en blanco, mi pluma china cargada con tinta verde y espero. Esa espera a veces es muy simple y corta, otras veces lenta y pesada. Otras debo buscar amiguitos para empezar, y entonces comienza la parranda y la diversión. Las letras, las palabras y las frases empiezan a bailar, se van uniendo y desarrollando en un sinfín de anécdotas e historias, y se produce la ilusión. Mi cuento es como si efectivamente me lo estuviera contando. Soy egoísta, solo pienso en disfrutar yo, pues todo me lo cuento a mí mismo para mayor disfrute. Y cuanto más disfruto, más pienso que disfrutarán también los demás. Así todos los días. ¡Así vivo yo...!!!!!!

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