Irene vallejo
Hace poco hirvió la indignación de muchos ante el rumor (al parecer, falso) de
que Elliot Page interpretaría a Aquiles en la adaptación de la «Odisea» dirigida
por Christopher Nolan. Escuché en esos días voces acusadoras: el actor no era lo
bastante masculino y elegirlo representaba un intento woke de socavar nuestras
tradiciones. Dos observaciones. Primero, Aquiles solo aparece en la «Odisea»
como espíritu en el Hades, para decir que preferiría ser un oscuro labriego vivo
trabajando tierra ajena antes que un glorioso guerrero muerto. Nunca he visto un
espectro, así que no sé la musculatura que gastan, o si el pequeño detalle de
estar difuntos los deja demacrados y en los huesos espirituales. En todo caso,
el realismo de los bíceps queda en suspenso. Segundo, según la mitología griega,
Aquiles, el guerrero más fiero de Troya, pasó nueve años disfrazado de chica en
un gineceo precisamente para escabullirse de ir a la guerra. Aquiles, aconsejado
por su madre Tetis, a la que estaba tan unido, se ocultó en la corte de
Licomedes, rey de Esciro, fingiendo ser una doncella durante casi una década.
Ese episodio se cuenta en la «Aquileida» de Estacio y aparece aludido en otras
fuentes. En el fresco pompeyano que comparto, procedente de la Casa de los
Dioscuros, la figura central —de tez pálida, melena femenina, ataviada con
vaporosa túnica y pulseras, luciendo pierna como Marilín— representa a Aquiles.
Entre 1600 y 1857 se estrenaron 30 óperas en Europa sobre este episodio
carnavalesco y ambiguo del mito de Aquiles en su época de objetor bélico. Uno de
los grandes méritos de la mitología griega fue su habilidad para explorar las
contradicciones que cada persona y cada vida alberga en su interior, más allá de
los arquetipos sin fracturas que algunas personas parecen requerir cuando se
trata de nuestros héroes.
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