MI ULTIMO MICRO...
Mi último microrrelato :
La fuerza de las hojas verdes,
en él refugio de la luna,
que se difumina en el mar de mis sueños dorados
y con lluvia de estrellas ensangrentadas
que se quedan mirando mi semblante
lleno de pasiones y verdades infinitas,
que placer sentirme ultrajado
por la luz eterna del ambiente,
que camina hacia el alba
con la esperanza de alcanzar
la lucidez de la vida,
que siempre continúa… Mil besos
MÍA Y SU FILOSOFÍA RURAL (Inspirado en “La fuerza de las hojas
verdes…”) Mía siempre decía que las hojas verdes tenían una fuerza que no se ve,
pero que sostiene el mundo. Aquella tarde, mientras caminaba por el sendero que
llevaba al arroyo, sintió que el bosque la miraba con una calma antigua. Las
hojas parecían inclinarse hacia ella, como si quisieran enseñarle algo. La luna,
escondida entre las ramas, buscaba refugio en su presencia. Mía levantó la vista
y la vio difuminarse, como si la luna también soñara en dorado. El Mirlo
Candelero apareció entonces, con su canto de verdad: —Niña, cuando la luna se
vuelve tenue, es que está pensando. Mía sonrió. Ella también pensaba demasiado.
De pronto, una lluvia de pequeñas estrellas rojizas cruzó el cielo. Filomeno, el
burro filósofo, movió las orejas con gravedad: —El cielo sangra cuando quiere
recordarnos que sentir es un privilegio. Mía tocó su propio semblante. Lo sintió
lleno de pasiones y verdades infinitas, como si cada emoción fuera una raíz que
la unía a la tierra. —Qué placer sentirme ultrajada por la luz —dijo—. Me
despierta. La Tía Jacinta, que siempre aparecía cuando la vida necesitaba una
frase certera, murmuró: —La luz eterna del ambiente no viene a herir, viene a
revelar. Y juntas caminaron hacia el alba. Mía sabía que la esperanza no era un
destino, sino un modo de andar. La lucidez de la vida no se alcanza: se
acompaña. El mundo seguía, siempre seguía… Y Mía, con su filosofía rural, seguía
con él. Mil besos. por la luz eterna del ambiente, que camina hacia el alba con
la esperanza de alcanzar la lucidez de la vida, que siempre continúa… Mil besos.
🌿 Microcuento de Mía inspirado en tu microrrelato
Mía caminaba despacio entre las encinas, como si cada hoja verde tuviera algo que decirle.
Aquella tarde el bosque estaba distinto: las hojas parecían más fuertes, más vivas, como si guardaran un secreto que solo ella podía escuchar.
Se detuvo bajo su árbol favorito.
La luna, todavía pálida, se refugiaba entre las ramas, mirándola como una madre que vela desde lejos.
Mía levantó la mano y sintió que la luz se difuminaba sobre su piel, mezclándose con el mar dorado de sus sueños.
De pronto, una lluvia de pequeñas estrellas rojizas cruzó el cielo. No era peligro: era belleza herida.
El Mirlo Candelero apareció en una rama cercana y dijo:
—No temas, Mía. A veces el cielo sangra para recordarnos que también siente.
Ella sonrió.
Sabía que su semblante estaba lleno de pasiones y verdades infinitas, como si dentro de ella viviera un fuego antiguo.
Entonces llegó Filomeno, el burro filósofo, moviendo las orejas con solemnidad.
—La luz del mundo no acaricia —dijo—. A veces nos ultraja para que despertemos.
Mía lo miró con esa lucidez suya que parece de otra edad.
—Pues que me ultraje —respondió—. Quiero aprender a ver más claro.
La Tía Jacinta apareció entre los arbustos, con su paso lento y su sabiduría de palabras que curan.
—Hija, la vida siempre continúa… pero solo los que miran hacia el alba encuentran la claridad que buscan.
Mía respiró hondo.
El bosque entero parecía caminar con ella hacia ese amanecer invisible.
Y mientras avanzaba, sintió que la fuerza de las hojas verdes, la luna, las estrellas heridas y la luz del mundo se unían en un solo mensaje:
Seguir, siempre seguir, con la esperanza de alcanzar la lucidez.
Mía cerró los ojos un instante.
Y en silencio, como quien firma un pacto con la vida, murmuró:
—Mil besos.
Comentarios
Publicar un comentario