cuento ...soy un mayor--EN CASTUO Y ---CON MIA Y SU PANDILLA

🌿 Cuento íntimo del autor que se escucha a sí mismo Dicen que en un rincón tranquilo del mundo vive un hombre mayor que nunca dejó de ser aprendiz. No porque le faltaran años o historias, sino porque descubrió que la escritura es una escuela que no cierra nunca, y él, testarudo y feliz, decidió matricularse para siempre. Cada mañana, antes de que el sol termine de desperezarse, este hombre abre su cuaderno como quien abre una ventana. El folio en blanco lo mira, él lo mira de vuelta, y entre ambos se establece un pacto silencioso: “Hoy también aprenderemos”. Tiene tres maestros, aunque nadie los ve. El corazón, que le dicta impulsos tibios. El cerebro, que ordena el caos con paciencia de relojero. Y el alma, que no enseña, sino que susurra. Los tres se sientan con él, alrededor de la mesa, como viejos amigos que ya conocen sus manías. Él saca su pluma china, cargada siempre con tinta verde —porque el verde es esperanza, y también travesura— y espera. A veces la espera es breve, como un saludo. Otras es pesada, como un invierno. Y otras necesita llamar a los “amiguitos”: esas primeras palabras tímidas que se acercan para romper el hielo. Cuando llegan, todo cambia. Las letras empiezan a moverse, primero despacio, luego con descaro. Las palabras se toman de la mano. Las frases se animan, se empujan, se ríen. Y de pronto, sin que nadie dé la orden, empieza la parranda. El hombre mayor sonríe. No escribe: baila con ellas. No inventa: escucha. No narra: se narra. Porque en el fondo, él lo sabe: todo lo que escribe se lo cuenta a sí mismo. Es egoísta, sí, pero de una forma hermosa: escribe para disfrutar, para sentir, para vivir dos veces. Y en ese disfrute íntimo, secreto, aparece un milagro: cuando él goza, imagina que otros también gozarán. Así pasa sus días. Así vive. Entre maestros invisibles, tinta verde, silencios que se abren y palabras que bailan. Un aprendiz mayor que encontró en la escritura no un oficio, sino un hogar. Y cada vez que termina un cuento, se dice en voz baja, como quien reza: “Mañana aprenderemos otra vez.” Y EN CASTUO:::: Dicen por ahí que, en un rincón callandinu del mundo, vive un hombri mayor que nun quie dejal de ser aprendiz. No por falta de años ni de vivencias, sino porque descubriera que la escritura es una escuela que nun cierra jamás, y él, cabezota y contentu, s’apuntó pa toa la vida. Toas las mañanas, antes de que’l sol acabe de desperezal las patas, el hombri abre su cuadernu como quien abre una ventana pa que entre el aire güenu. El foliu en blanco lo mira, él lo mira tamién, y entre los dos se forma un pactu sin palabras: “Hoy tamién aprendemos, maestro.” Tien tres maestros, aunque naide los ve. El corazón, que le dicta calores y latíos. El cerebru, que ordena el barullu con paciencia de relojéu. Y el alma, que nun enseña: susurra. Los tres s’asientan con él, arredol de la mesa, como viejos compadres que ya conocen sus manías. Él saca su pluma china, cargá con tinta verde —que el verde es esperanza y picardía— y espera. A veces la espera es cortina, como un saludo. Otras es pesá, como un inviernu largo. Y otras tien que llamal a los “amiguitos”: esas primeras palabritas que vienen pa rompé el silencio. Cuando llegan… ay, cuando llegan. Las letras empiezan a moverse, primero despacinu, luego con descaru. Las palabras se agarran de la mano. Las frases se empujan, se ríen, se calientan. Y de pronto, sin que naide mande, empieza la parranda. El hombri mayor sonríe. Nun escribe: baila con ellas. Nun inventa: escucha. Nun narra: se narra. Porque él lo sabe bien: to lo que escribe se lo cuenta a sí mesmu. Es egoísta, sí, pero de los güenos: escribe pa gozalo, pa sentil, pa vivíl dos veces. Y en ese gozu íntimu, secreto, nace un milagru: cuando él disfruta, imagina que los demás tamién disfrutarán. Asina pasa sus días. Asina vive. Entre maestros invisibles, tinta verde, silencios que se abren y palabras que bailan. Un aprendiz mayor que encontró en la escritura no un oficiu, sino un hogar. Y cada vez que acaba un cuentu, se dice bajitu, como quien reza: “Mañana aprendemos otra vez.” Y CON MIA Y SU PANDILLA::: Dicen por ahí que, en un rincón callandinu del mundo, vive un hombri mayor que nunca dejó de ser aprendiz. No porque le faltaran años, sino porque descubriera que la escritura es una escuela que nun cierra jamás, y él, cabezota y contentu, s’apuntó pa toa la vida. Toas las mañanas, antes de que’l sol acabe de estirá las patas, el hombri abre su cuadernu como quien abre una puerta pa que entre el fresco. El foliu en blanco lo mira, él lo mira tamién, y entre los dos se forma un pactu sin ruido: “Hoy tamién aprendemos, maestro.” Pero aquel día, antes de que la pluma china tocara el papel, se oyó un miau de FLU, la siamesa lista, que se subió a la mesa como si fuera la directora del colegio. Detrás venía MICI, el gato búlgaru, despacinu, con sueño en los bigotes. —¿Hoy qué escribimos, maestro? —preguntó Mía, asomándose por la puerta con su sonrisa de monte recién mojau. El hombri mayor se rió. —Lo que digan mis maestros —dijo, señalando al corazón, al cerebru y al alma—. Y lo que digáis vosotros, que pa eso sois mi pandilla. En esto llegó Filomeno, el burro filósofu, moviendo las orejas como quien mueve ideas. —Pos yo digo que escribas despacinu, que las prisas son malas pa la tinta —sentenció. La Tía Jacinta entró después, oliendo a romeru y a palabra buena. —Y que escribas con verdad, hijo, que la mentira nun baila bien con las letras. Y por último, desde la ventana, cayó un trino afilao: era el Mirlo Candelero, que siempre canta verdades que otros callan. —¡Dale fiesta al papel, escribidor! ¡Que las frases quieren parranda! El hombri mayor sonrió, sacó su pluma china cargá con tinta verde, y esperó. A veces la espera es cortina. Otras es pesá. Pero aquel día… aquel día la pandilla entera estaba allí, y la espera se volvió un juego. Las letras empezaron a moverse. FLU las perseguía con la patinas. MICI las olía como si fueran mariposas. Filomeno asentía, sabio. La Tía Jacinta soplaba pa que no se enredaran. El Mirlo marcaba el compás. Y Mía… Mía las recogía en el aire y las colocaba en su sitio, como quien ordena estrellinas. Y de pronto, sin que naide mandara, empezó la parranda. El hombri mayor nun escribía: bailaba con su pandillina. Nun inventaba: escuchaba. Nun narraba: se narraba. Porque él lo sabía bien: to lo que escribe se lo cuenta a sí mesmu, pa gozalo, pa vivilo dos veces. Y cuando él gozaba, la pandilla gozaba tamién. Asina pasa sus días. Asina vive. Entre maestros invisibles, tinta verde, gatos curiosos, burros filósofos, tías que curan con palabras, mirlos que cantan verdades y una muchacha llamada Mía que sabe ordenar el mundo con solo mirarlo. Y cada vez que acaba un cuentu, se dice bajitu, como quien reza: “Mañana aprendemos otra vez.”

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